Cuadro a cuadro se dibujó la historia

 

Joel del Río

 

 

A saber, el primer dibujo animado cubano, al menos sonoro —consignado en los principales documentos historiográficos del antiguo cine cubano— es Napoleón, el faraón de los sinsabores, versión de las historietas que publicaba los domingos el periódico El País, creada por los dibujantes Manolo Alonso, Ñico Luhrsen y Lucio Carranza. Era un corto de dos minutos de duración, en blanco y negro y 35 mm, que no pudo ni siquiera encontrar un exhibidor interesado en pasarlo fugazmente por una pantalla. De todos modos el empeño parece haber prendido, porque en esa misma fecha había otros dibujantes cubanos, como Silvio y José Manuel Resellada, que emprenden el camino de la fundación mediante el personaje de Masabí, pero también fracasaron.  

 

Curiosamente, la animación no fue un intento solo capitalino, porque poco después, ya en los años cuarenta, trabajaron esa dirección, Luis Castillo, en Guantánamo; y en Santiago de Cuba, los hermanos César y Mario Cruz Barrios, quienes realizaron el primer dibujo animado cubano en colores, El hijo de la ciencia, rotundo fracaso económico que los obligó a abandonar para siempre los intentos por dotar a la Isla, fuera incluso de su capital, de una producción digna y continua. 

 

Pero antes de llegar a 1960, cuando de veras comenzó la integración de los animadores en líneas creativas coherentes y sistemáticas, materialmente apoyadas por el Estado, y con proyección pública visible, debemos señalar, para que no me acusen de inexacto o tendencioso por no haber dicho toda la verdad y nada más que la verdad, que en 1919 fue que comenzó la verdadera historia de la animación en Cuba, cuando Rafael Blanco, caricaturista del periódico El Fígaro, creó Conga y chambelona. Señalamos el hecho (del cual no queda otro rastro que no sea un puñado de palabras en las cronologías y los libros hiperespecializados) solo para quedar bien con los historiadores puntillosos, siempre a la caza de gazapos periodísticos, y capaces de negar afirmaciones rotundamente afirmaciones como “en Cuba no había dibujo animado”, porque este o aquel dibujante fabricara, de manera artesanal, aislada y casi heroica, pequeñísimas obras de muy escasa ambición, más allá del divertimento o la publicidad.  

Según cuenta Willema Wong Tejeda, historiadora del arte y encargada del proyecto de recuperación y conservación del patrimonio cinematográfico de los Estudios de Animación del ICAIC, “a principios de 1959, en la Agencia Publicitaria Siboney existía un pequeño departamento de dibujos animados, llamado OAP (siguiendo los pasos de la UPA), en el que se realizaban comerciales en blanco y negro para la televisión cubana y algunos países latinoamericanos. En aquel sitio trabajaban dos animadores y, a cargo de los diseños y guiones, Jesús de Armas y Eduardo Muñoz Bachs. A ellos se unió un muchacho de dieciocho años aficionado al dibujo, Hernán Henríquez, que había tomado un curso de caricaturas y dibujos animados por correspondencia, originado en California. Hernán era el encargado de rellenar los acetatos, pero después de dos meses en aquel departamento, Franklin Catasús, dueño del Estudio, le encargó una animación de cuarenta segundos sobre la siembra de árboles ornamentales en la ciudad. En tres días cumple con el encargo y un mes más tarde realiza la animación para una conocida marca de puré de tomates.

Pocos meses después, Jesús de Armas y Muñoz comienzan a trabajar en un corto titulado El maná, en un apartamento de J y 23, al que Jesús llamaba Estudio de animación FUA. A la vuelta de 1960, en enero, es que se crea el Departamento de Dibujos Animados del ICAIC, formado con la unión de diseñadores y dibujantes de cierta experiencia, provenientes de la publicidad o la gráfica, como los ya mencionados Jesús de Armas, Eduardo Muños Bach, y Hernán Henríquez, junto con José Reyes y Walfredo Díaz. Poco tiempo después se les unen Paco Prats (productor que continúa en este mundo hasta el presente), Gisela González (en línea y relleno, o como colorista, desde 1960 hasta 2004), Teresa Ordoqui (luego realizadora de documentales y telefilmes), Tulio Raggi (ahora homenajeado en Cubanita), Lucas de la Guardia (editor y músico), Luis García Mesa, y Modesto García, entre otros.

Ellos fueron los verdaderos fundadores del dibujo animado cubano. Citemos nuevamente el trabajo de Willema Wong Tejeda en su documentada narración de aquellos años casi estoicos: “fueron los iniciadores de un proyecto en el que veían futuro, aunque carecieran de materiales, equipos técnicos, y les faltara un laboratorio, por lo cual se desvincularían de su obra durante el tiempo que la película viajaba hacia México, España o Checoslovaquia para el revelado. Ponían todo su ingenio en salir adelante. Fue debido a estas limitaciones que Lucas de la Guardia, músico que comenzaba sus funciones de editor, hizo su propia cortadora y pegadora cuando se encontró sin moviola para continuar el trabajo. A falta de printer óptico (truca) creaban sus propios efectos, nombrándolos como en un divertimento de quienes están descubriendo un mundo nuevo. Hernán se convirtió en el animador principal y maestro, pero entre todos se enseñaban.

Aprendían con la práctica diaria, experimentando, retroalimentándose unos a otros con las búsquedas propias. Eran inexpertos, emprendedores y creativos; fueron atrayendo a artistas plásticos, diseñadores, incluso jóvenes estudiantes de teatro, interesados en hacer animación. Aquel departamento constituyó un centro de fuerte movimiento cultural donde confluyeron creadores de diversas áreas. Algunos incursionaron en ese género durante un tiempo breve, para continuar desarrollándose en otras manifestaciones artísticas; son los casos del escritor Luis Rogelio Nogueras (formó parte del departamento durante cuatro años, desde 1961), Holbein López (en 1962 pasó a diseñar afiches y luego a ser el diseñador de la revista Cine Cubano), Enrique Nicanor González (trasladó su residencia a España, donde trabajó en televisión) y el pintor Sandú Darié. Permanencia más prolongada (durante la década completa de los sesenta y comienzos de los setenta) tuvo Harry Reade, un australiano ilustrador y guionista que jugó un reconocido papel en la formación de Juan Padrón, en los setenta”.

Pero antes de que alguien llegue a dirigir un dibujo animado —tanto en la etapa de los fundadores, como en el presente, cuando ya cuentan con flamantes estudios totalmente consagrado a la animación, y los medios y el apoyo con que sus antecesores no podían ni siquiera soñar— primero deben pasar cursos elementales, donde se les explican las bases de la animación a las personas con facilidades para el dibujo o el diseño gráfico. Luego, con la práctica diaria, ascienden a la categoría de asistentes, y si mejoran con el tiempo, llegarán a convertirse primero en animadores principales y, luego, en directores de animación.

Luego de una producción que, durante los años sesenta y setenta, basculó entre la experimentación formal y la propaganda política, llegó la verdadera edad de oro del dibujo animado cubano, desde finales de los años setenta (cuando el cine cubano se propuso decididamente recuperar el apoyo de su público mediante películas como El brigadista y Guardafronteras, Retrato de Teresa o Patty Candela) y la década de los ochenta. Por supuesto que la figura fundamental del periodo es la de Juan Padrón, el autor más popular en la historia de la animación cubana, gracias a la creación del personaje de los vampiros resistentes al sol y de Elpidio Valdés, símbolo de cubanía en la misma estirpe que la caña de azúcar, el café matinal o la mulata de igual apellido recreada por Cirilo Villaverde en su histórica novela.
 

Como buena parte de los directores de animación en Cuba, Juan Padrón se inició como historietista y cartonista en 1963, en la revista Mella, pero ya era animador asistente en los estudios de la televisión. Había aprendido los rudimentos en calcando y coloreando acetatos, y también había sido camarógrafo de animación en los Estudios Fílmicos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Padrón sería después el director del primer largometraje del cine animado cubano: Elpidio Valdés, de 1979. El resto de la historia, que como todo el mundo sabe no se concentra únicamente en Juan Padrón, continuó jalonada de éxitos. Realizó más de cincuenta y siete cortos y cinco largometrajes, entre ellos Vampiros en La Habana, primera y segunda partes, Elpidio Valdés contra dólar y cañón y Elpidio Valdés contra el Águila y el León. En colaboración con el dibujante y humorista argentino Quino, desarrolló los cortos animados Quinoscopios y Mafalda, entre muchos otros logros no menores como los Filminutos.

Luego de haber dejado constancia de las dos etapas principales que ha descrito la historia de nuestro dibujo animado, démosle el cierre de este bosquejo sumamente imperfecto a la especialista en el tema, ya citada antes: “El tiempo, con sus recorridos en espiral, trae al presente algo del espíritu de los inicios, sobre todo en cuanto a circunstancias. En 2003 hubo un cambio de local (hacia la calle 25 entre 10 y 12), y con este han surgido nuevas perspectivas. Los animadores de hoy intercambian con la tecnología de la misma manera que los fundadores interactuaron con el mundo de la animación a principios de los sesenta. Se incrementa el personal artístico y nace una nueva generación de realizadores que tantean sus búsquedas y experimentaciones. Una generación formada por aquellos que se formaron con los fundadores”.

 

Joel del Río, cubano.  Crítico de cine. Entre sus múltiples tareas se encuentra ser crítico cultural del diario Juventud Rebelde.

 

Tomado de La Jiribilla.