La estrella y la paloma en el corazón

 

 

Cintio Vitier Bolaños

 

 

 

Sería excesivo suponer que un discurso pronunciado ante los emigrados cubanos de Tampa en noviembre de 1891, aunque formule principios fundadores de la futura República, conserve en todos sus aspectos, más de cien años después, la misma vigencia. Nuestra lectura de hoy está obligada a discernir lo que en ese discurso tuvo una función directamente relacionada con problemas específicos de aquellos años y de la comunidad en que se pronunció, y lo que realmente puede y debe relacionarse con nuestras circunstancias actuales.

En primer término -y esto vale en general para casi toda la oratoria martiana- resulta insoslayable la presencia de dos realidades que en el discurso se confrontan y que ha hoy sólo tienen para nosotros un valor histórico, a saber: la emigración revolucionaria y el pueblo de la Isla. No olvida Martí el peso fundamental de éste, y por eso comienza diciendo:

Para Cuba que sufre, la primera palabra , y advirtiendo. De altar se ha de tomar a Cuba para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella . Cierto que Cuba aquí ha de entenderse como la patria integral que debía unir a los que vivían en la Isla y fuera de ella (cuestión que hoy adquiere dimensiones mucho más complejas), pero enseguida comienza su elogio de los que tienen aquí las manos puestas a la faena de fundar , de los que han levantado [este pueblo de amor] cara a cara del dueño codicioso que nos acecha y nos divide , es decir, frente al colonialismo español reinante en la Isla; su gratitud por este pueblo de virtud , por este pueblo culto, con la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan , poniendo el énfasis en el ejemplo de los trabajadores, que es respuesta de sobra a los desdeñosos de este mundo . Ese tema de las dos orillas, que lo lleva a exclamar: ¡A la patria que allí se cae a pedazos y se ha quedado ciega de la podre, hay que llevar la patria piadosa y previsora que aquí se levanta!, ocupa buena parte del discurso, y aunque suscita arranques de elocuencia perdurable, no es tema vigente ya para nosotros, tal como se planteaba en aquellos años.

Pronto se mezcla a él, sin embargo, el tema eterno, para la filosofía y para la política, de la libertad. Aquí es preciso distinguir varios planos. De entrada Martí -partiendo siempre de la experiencia poscolonial de América Latina, que él conoció de cerca- alerta sobre el peligro grave de seguir a ciegas, en nombre de la libertad, a los que se valen de ella para desviarla en beneficio propio y ensalza a los cubanos que ponen su opinión franca y libre por sobre todas las cosas .

A eso es a lo que llama la dignidad plena del hombre, concepto que en la tajante disyuntiva (O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos. o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos ) se equilibra con otros dos elementos indispensables: el hábito de trabajar con sus manos [algo que también atañe a los intelectuales y artistas] y pensar por sí propio .

No se trata, entonces, de la libertad que puede utilizarse para fines indignos de ella (que es lo que estamos viendo hoy en la prensa internacional), ni de la que, negándose también, se pone, al servicio de ideas sin rostro (a lo que fue proclive cierto socialismo). Hay, además, un coto a la libertad, que es el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás . Porque ejercicio íntegro de sí no es egoísmo, no es individualismo amoral, no es capricho ni anarquía, mucho menos abuso de unos sobre otros. Es, precisamente, lo contrario: justicia colectiva que no mata a la persona original sino que la tiene por base: la pasión, en fin, por el decoro del hombre .

Vuelve Martí en este discurso sobre una idea que expresó de varios modos: lo que en su artículo con ocasión de la muerte de Antonio Bachiller y Morales en 1889 llamó dote de la tierra . Allí, en efecto, evocando a los próceres intelectuales del Seminario de San Carlos, leemos: siempre será honra de aquellos criollos la pasión que, desde el abrir los ojos, mostraban por el derecho y la sabiduría, y el instinto que, como dote de la tierra, los llevó a quebrantar su propia autoridad, antes que a perpetuarla . En aquel caso se trataba de una especie de instinto telúrico de justicia. En el discurso que comentamos precisa (con precisión de físico social) que en nuestra patria hay una enérgica suma de aquella libertad original que cría el hombre en sí , la cual procede: 1) del jugo de la tierra, 2) de las penas que ve , 3) de su idea propia , 4) de su naturaleza altiva .

Puede comprobarse que, en este juicio, el factor tierra , naturaleza , es predominante como inspiración autóctona de esa libertad original . Ya el padre Varela en El Habanero, refiriéndose al innato deseo de independencia de los americanos, había preguntado: ¿Y a qué hombre no le inspira la naturaleza este sentimiento ?

Recordamos entonces lo dicho por Martí acerca de Heredia: el que acaso despertó en mi alma, como en la de los cubanos todos, la pasión inextinguible por la libertad , pasión que en Heredia estaba ostensiblemente vinculada a la naturaleza patria, a nuestros campos vestidos de genial belleza . De todo lo cual resulta una concepción de la libertad como dote autóctona, como instinto telúrico (de una teluricidad vuelta paisaje, más bien aérea), de raíz esencialmente poética, no filosófica, pues la filosofía vio casi siempre a la naturaleza como el polo opuesto de la libertad, como el cerrado reino del determinismo. Sólo cuando la poesía entró en la filosofía, es decir, en el pensamiento romántico, la naturaleza empezó a identificarse con la libertad.

Así la ve Martí, que exalta la encarnación en el cubano de la inspiración estética, ética y libertaria, de la hermosura y altivez de su naturaleza, superando así, también, la dicotomía naturaleza-espíritu, que en su concepción se integran. Por eso en Nuestra América habla de la justicia de la naturaleza y cuando exclama aquí:¡ y hemos de poner la justicia tan alta como las palmas! no es mera expresión retórica, sino imagen orgánica.

Llama la atención, por otra parte, que en un discurso destinado a anunciar la buena nueva del decoro a todos los cubanos, de una República con todos, y para el bien de todos , Martí objete y reproche enérgicamente nada menos que a siete grupos de compatriotas, de los cuales y a los cuales dice que mienten . Estos grupos, indudablemente significativos en cuanto merecían tanto espacio en el discurso, eran:

1) los escépticos; 2) los que temían a los hábitos de autoridad contraídos en la guerra ; 3) los que temían a las tribulaciones de la guerra (alusión al libro de Ramón Roa, A pie y descalzo, que es lo que va a provocar la carta de Enrique Collazo, y su respuesta); 4) los que temían al llamado peligro negro ; 5) los que temían al español como ciudadano en Cuba; 6) los que, por temor al Norte y desconfianza de sí, se inclinaban hacia el anexionismo; 7) los lindoros (aristócratas), los olimpos (oportunistas) y los alzacolas (intrigantes).

Algo en común tienen los siete grupos: la desconfianza en la capacidad del cubano para vivir por sí en la tierra creada por su valor , que era precisamente el eje de la tendencia anexionista. Y es este el grupo que, con el de los escépticos de diversa condición, puede decirse que, de un modo u otro, sigue hoy en pie frente al empeño revolucionario.

El todos de Martí, por lo tanto, no es meramente cuantitativo, parte de un abrazo de amor pero también de un rechazo crítico, rechazo que no es inapelable pero que sólo puede convertirse en abrazo si los que se engañan, yerran o mienten , aceptan la tesis central del discurso, que es la viabilidad histórica de una Cuba independiente y justa.

Por eso desde el principio declara: Yo abrazo a todos los que saben amar . El abrazo no es a los que no saben amar, aunque también a estos, a la larga, beneficie, y en este sentido puede hablarse, como del horizonte, de la fórmula del amor triunfante . Pero en lo inmediato de la lucha por la independencia, que no ha terminado todavía, queda en pie que hay grupos que yerran o mienten , que no forman parte del todos martiano en cuanto realmente no quieren el bien de todos , expresión en la que, no obstante el equilibrio de las clases sociales a que aspiraba Martí, el mayor énfasis va sin duda hacia los más desamparados.

A éstos les advierte, huyendo del halago demagógico: No censure el celoso el bienestar que envidia en secreto . Mas para el afortunado no es sólo la escrupulosa advertencia, sino la conmovida e indignada admonición: ¡No desconozca el pudiente el poema conmovedor, y el sacrificio cruento, del que se tiene que cavar el pan que come; de su sufrida compañera, coronada de corona que el injusto no ve; de los hijos que no tienen lo que tienen los hijos de los otros por el mundo! ¡Valiera más que no se desplegara esa bandera de su mástil, si no hubiera de amparar por igual a todas las cabezas!

Aquí se ve que todas las cabeza que necesitan amparo ” son principalmente las de los más desvalidos, que a su vez constituían, como le dirá a Mercado en su última carta, la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país -la masa inteligente y creadora de blancos y de negros , no ciertamente la especie curial [es decir, cortesana] contenta sólo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante.

Con todos, y para el bien de todos , pues, no por ser un discurso de amor deja de ser un discurso combativo. Para nuestro combate de hoy nos dice dos cosas fundamentales. La primera es que no podemos admitir la perpetuación del alma colonial en nuestra vida, con novedades de uniforme yanqui, sino la esencia y realidad de un país republicano nuestro .

La segunda es que esa esencia y realidad nos obligan a darle un sentido original a la libertad que internamente debemos hacer coincidir con la justicia para el bien de todos .

Y siempre sin olvidar que es necesario contar con lo que no se puede suprimir , que los pueblos, en el sudor de la creación, no dan siempre olor de clavellina , que todo tiene la entraña fea y sangrienta y que eso mismo que hemos de combatir, eso mismo nos es necesario . Más profunda dialéctica moral y política, no la hallaremos. Si la asumimos íntegramente, seremos capaces de merecer, como el Maestro, la estrella y la paloma en el corazón .

30 de noviembre, 2005

Cintio Vitier es un eminente pensador cubano. Premio Nacional de Literatura de Cuba, y Premio Internacional de Literatura Latinoamericana Juan Rulfo.

Tomado de Cubarte