Celebrando el mayo francés lejos de “Fauchon”

 

Eliades Acosta Matos
 

Cuarenta años después, las calles de París son aparentemente de Sarkozy. Pero como suele ocurrir, basta rasgar la superficie para que brote lo inesperado. Muchos se asombran del amplio despliegue publicitario y comercial que estremece al país por estos días. Se observa una apoteosis de compras  y ventas, que es la manera predilecta con que el capitalismo  muestra su felicidad. Tal parece que los franceses han conmemorado irónicamente el cuarenta aniversario del llamado “Mayo del 68”. Hasta “Fauchon”, la tienda de las exquisiteces y el paraíso de los sibaritas, ha presentado un té “con sabor a revolución”. Como bien recuerda Henry Samuel en un artículo para The Telegraph, de Londres: “se trata del mismo establecimiento saqueado entonces por los estudiantes rebeldes para alimentar a los pobres con el más fino foie gras”. Pero detrás de este paseo despreocupado de la derecha burlona, mostrando al león enemigo encadenado y supuestamente vencido para siempre, se oculta el pánico, nunca superado, de los recuerdos, y la premonición de que “esos tiempos”, a pesar de las ventas de “Fauchon”, podrían estar siempre al doblar de la esquina.

Como ya es habitual, un arrogante Sarkozy no ha desperdiciado la oportunidad, desde el año pasado, de ir a sermonear a sus conciudadanos sobre los peligros de mantener viva “la perniciosa tradición y el irracional culto al 68”. En su odio al pasado rebelde, este bonapartista se emparenta con los neoconservadores norteamericanos, esos eternos enemigos “de la contracultura y los malditos hippies de los 60”. “La herencia del 68 debe ser liquidada, ─afirmó durante su campaña electoral─ pues ella es la causante del relativismo moral e intelectual de Francia, expresado por aquellos que dicen que nada marcha bien; que la autoridad, el respeto y las buenas maneras están fuera de moda; que no existe nada sagrado, ni admirable; que no hay reglas ni estándares, y que nada debe ser prohibido”.(1)

En ese mismo mitin de fin de campaña en Paris, a fines de abril del pasado año, Sarkozy invitó a hablar ante 35 mil personas al filósofo Daniel Glucksman, uno de los líderes del 68, ahora convertido al credo neoliberal. Glucksman clamó porque el país saliese de la parálisis causada, en su opinión, por los gobiernos socialistas. Su anfitrión remató la jugada: “(Los herederos de ese nefasto equívoco de la historia son los socialistas)… que le han tomado el gusto al poder, a los privilegios, que cultivan el arrepentimiento (con relación al pasado colonial de Francia), que denigran la identidad nacional, que atizan el odio de la familia, de la nación, de la sociedad, de la República…”(2)

En el 2006, otro de los líderes de aquella abigarrada explosión de inconformidad, y quizás su rostro más conocido, Daniel Cohn-Bendit, o Dany, El Rojo, como también le llamaban, había declarado, cómodamente arrellanado en el sillón que ocupa  como europarlamentario: “Los cambios ocurren cuando hay movimientos sociales, pero al final se llevan a cabo donde las decisiones se toman, y ese lugar es el parlamento… Yo no quiero quedarme en el 68, sino avanzar hacia el 2008…” (3)

Y claro que gente como Glucksman y Cohn-Bendit han llegado al 2008, y a no dudarlo, deben haber encargado té “con sabor a revolución” para brindar urbanamente a sus atildadas amistades del presente. Cuarenta años después seguramente abundan las tertulias elegantes de los domesticados para hablar de “los buenos viejos tiempos” en que unos eran los amotinados tras las barricadas y otros los gendarmes que intentaban desalojarlo con la misma ferocidad que el divino Sarkozy exige hacerlo hoy a la policía antimotín  que reprime a los inmigrantes, en los suburbios donde viven hacinados. Esos que nunca más, desde entonces, han podido probar los productos de “Fauchon”. 

 

La imaginación toma y pierde el poder

El 22 de marzo de 1968, ocho estudiantes de Nanterre, entre los que se encontraba Daniel Cohn-Bendit, activista anarquista del grupo Noir et Rouge, protestaron por el arresto de algunos miembros del Comité Nacional de Vietnam. A partir de esta acción, se desató una secuencia de mítines estudiantiles y medidas represivas de la policía gaullista que fueron escalando hasta llegar al viernes 3 de mayo. Ese día, en un mitin convocado en la Sorbona, se produjeron detenciones y la convocatoria a la huelga de la Unión Nacional de Estudiantes y el Sindicato de Profesores. El lunes 6 comenzaron los choques entre la policía y los huelguistas del que resultaron más de 400 arrestados y 345 gendarmes heridos. El viernes 10 la policía tomó la Universidad de Nanterre y más de 30 000 estudiantes marcharon hacia la Sorbona, levantando barricadas y concitando la solidaridad de la población. Por la brutalidad policial resultaron 460 arrestados y 367 heridos. El lunes 13 se convocó a una huelga general y los sindicatos organizaron una marcha sobre París que reunió a más de 200 000 personas. Ante la retirada de las fuerzas del orden, los estudiantes ocuparon la Sorbona, colgaron banderas rojas y negras, retratos de Marx, Lenin, Mao, Trostky, Fidel y el Che, junto a consignas tales como “Todo el poder a la imaginación” y “Prohibido prohibir”, entre otras.

La ocupación de la Sorbona y de otras instituciones educacionales provocó una reacción en cadena. Los paros y ocupaciones de fábricas se suceden por todo el país. Nantes es ocupada durante toda una semana por los trabajadores. El viernes 24 de mayo 30 000 personas marchan sobre el Palacio de la Bastilla, y terminan incendiando la Bolsa. Unas declaraciones de Cohn-Bendit lo obligan a exiliarse en Alemania. De Gaulle promete aumentos salariales, la convocatoria a un referéndum y elecciones anticipadas. Para el miércoles 5 de junio la mayoría de las huelgas han terminado y el resto son aplastadas por la fuerza. A fines de junio las manifestaciones callejeras son prohibidas. En las elecciones, De Gaulle ganó el 60% de los votos.

Muchos de los líderes de aquel movimiento, lejos de sacar las debidas lecciones del fracaso, terminaron desertando y asimilándose al mismo sistema político que antes juraron transformar. El Partido Comunista francés había alertado que muchos de aquellos activistas eran “… hijos de la gran burguesía, despectivos hacia los estudiantes de origen obrero, que se cansarían pronto de protestar para heredar los negocios de papá…”(4). Cohn-Bendit, por ejemplo, expulsado a Alemania abandonó la actividad política, rompió en 1981 con el anarquismo, publicó en 1986 el libro Nos gustó tanto la revolución, que marca el fin de su adhesión revolucionaria, se incorporó al Partido de los Verdes, y es electo en el 2004 al Parlamento europeo, defendiendo el federalismo. Benny Levy, líder maoísta, conocido entonces como Pierre Victor, se convirtió en 1974 en secretario particular de Sartre y terminó, a la muerte de este, dedicándose a la teología y el Talmud, actuando como un judío ortodoxo e instalándose en Jerusalén en 1995 hasta su fallecimiento, ocurrido en octubre de 2003, poco antes de escribir su obra póstuma, Ser judío.

Entre las consecuencias del 68 se cuentan el alejamiento de la lucha revolucionaria de la mayoría de los partidos comunistas europeos, dando lugar al eurocomunismo; la creación de una Nueva Izquierda que intentó mantenerse equidistante tanto del capitalismo como del socialismo; el aumento del recelo hacia los partidos comunistas y obreros; la ruptura de las tradicionales jerarquías políticas y sindicales dentro de la izquierda; la pérdida, en fin, del sentido de la lucha, sustituyéndose por un reconocimiento tácito de la imposibilidad de transformar radicalmente la sociedad capitalista. Estos resultados explican mejor el sentido de algunos esloganes del Mayo francés, tales como “Haz el favor de dejar al Partido Comunista tan limpio al salir de él como te gustaría encontrarlo entrando en él”.(5)

Lejos de incentivar la aparición o el retorno del intelectual militante, el Mayo francés provocó una reacción contraria como se evidencia en las siguientes palabras de Benny Levy sobre Sartre:

“Sartre llamaba intelectual propiamente a la persona que, a partir de las contradicciones de su propia praxis, intenta encontrase con lo universal y no está maniatado por nadie…. En los años sesenta distinguía entre el intelectual clásico y el que tenía un estatuto popular…. No hay intelectuales; existen algunos signos, pero todos son ambiguos, como si tuvieran el lastre de la anterior diferencia.” (6)

La involución política de los líderes intelectuales del Mayo francés contrasta con la resistencia y fidelidad a sus ideas de otros protagonistas de entonces. Ciertas luces y sombras se perciben al compararla con la actitud de luchadores más humildes, incluso menos ilustrados. En 1978, por ejemplo, un colectivo de obreros catalanes ocupa la fábrica Numax, de Barcelona tras varias crisis laborales, manteniéndose al frente de ella hasta dos años después. El realizador Jordi Jordá filmó por aquellos días el documental Numax presenta…, donde se mostraba “… el sueño de un colectivo de izquierdas que soñaba con cambiar el mundo”.(7) Transcurridos 25 años, Jordá reunió a los obreros de entonces y rodó un nuevo documental titulado Veinte años no es nada para verificar “… lo que ha sido su vida… y lo que queda de aquellas ansias de libertad y sueños revolucionarios  …”.(8) Las respuestas que recibió fueron muy diferentes a las que hubiesen dado pensadores brillantes, al estilo de Cohn-Bendit o Levy, o mejor aún, las actitudes ante la vida de aquellos luchadores humildes han sido muy diferentes a las de aquellos líderes “revolucionarios” tan famosos en 1968. Según el periodista que reseñó el estreno del documental:

“Más emocionante aún que el reencuentro mismo de los personajes, es comprobar hasta qué punto permanece entre ellos un cariño de hermanos, el orgullo de haber vivido una experiencia única que les marcó para siempre, y hasta una cierta rebeldía…, emociona comprobar que, en la mayoría, pervive un espíritu independiente, combativo y progresista, aunque les decepcione el sistema político y sindical actual. Siguen hablando claro, siendo críticos y, aunque realistas y algo escépticos, siguen manteniendo esperanza en un mundo mejor desde la óptica humanista y progresista.

Y gratifica poder escuchar en sus bocas palabras y conceptos tan en desuso hoy como justicia social, solidaridad e idealismo.” (9)

Aún cuando los 60 no lograron revolucionar el sistema, sí alertaron a sus defensores de que tal peligro existía, y que se hacía impostergable completar el proceso de adocenamiento y domesticación de los intelectuales y de todos los enemigos, reales o potenciales, que se había iniciado durante los años de la Guerra Fría.

Los 70 marcaron una paulatina recuperación de la iniciativa de las fuerzas conservadoras, y permitieron un respiro a sus representantes en el mundo académico e intelectual, tan vapuleados en la anterior década. Los actuales exponentes del neoconservatismo norteamericano, por ejemplo, reconocen que por esos años se vertebró ese movimiento que de manera más acabada ha logrado construir una relación de los intelectuales con su tiempo radicalmente opuesta a la manera en que tal compromiso había sido entendido y practicado hasta entonces. Sin dudas, como señala Paul Lyons, “… la reacción a la rebelión de los 60, generó la revolución reaganista de los 80”, (10), pero el período de tránsito para semejante cambio o involución se ubicó en los 70.

Jeane Kirkpatrick, una de sus más destacadas representantes, expresó: “…el neoconservatismo surgió como reacción a la contracultura que dominó el panorama político norteamericano a través de los 60 y los 70”.(11)

En la década de los 70, de manera lenta, casi imperceptible, los intelectuales neoconservadores norteamericanos, al estilo de Irving Kristol, Daniel Bell, Lionel Trilling, Irving Howe, Nathan Glazer y Norman Podhoretz, comenzaron a organizar las ideas y la práctica de una concepción contrarrevolucionaria que unía ciertos valores y tácticas del liberalismo tradicional, incluso, de las aportadas por los movimientos contraculturales de los 60, con las misiones estratégicas de la más rancia reacción conservadora. Para lograrlo, en tanto movimiento surgido en el seno de ciertos círculos intelectuales, los neocons partieron de plantear una nueva relación de los intelectuales con su tiempo.  Y lograron imponer eso que dieron en llamar “la sensibilidad neoconservadora”, mientras el Imperio disfrutaba de sus quince minutos de fama, tras el 11 de septiembre del 2001. Y al igual que hace Sarkozy hoy, clamaron ayer por barrer todas las tradiciones  de pensamiento crítico, rebelde o libertario, mientras ocupaban los cargos más altos en la administración de George W. Bush, enarbolando al Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, su programa de dominación mundial, como si fuese la bandera del Juicio Final.

Empantanados en Iraq en una guerra mortal que no pueden ganar ni darse el lujo de perder, erosionados por todos los escándalos y las deserciones posibles, esperando el relevo inminente en la Casa Blanca y con unos Estados Unidos tan impopulares, como nunca antes, los neoconservadores, esa mafia intelectual arrogante que leía a Platón,  Maquiavelo y Leo Strauss, mientras ordenaba ataques contra “oscuros rincones del planeta”, ruega porque le llegue cuanto antes el relevo, mientras su página web se ha cerrado por falta de pago, y apenas un fantasmal empleado ha quedado embalando las migajas de su gloria  en el piso de Washington que le cediese, en días de marea alta, el todopoderoso American Entreprise Institute.

¿Sería mucho pedir que, antes de las elecciones presidenciales norteamericanas, “Fauchon” abriese otra línea de productos nostálgicos, esta vez “con sabor a contrarrevolución neoconservadora”?

 

Lo que la imaginación pierde, la imaginación lo recupera…

A diferencia de lo que ya está pasando con los neoconservadores en retirada, los promotores de la astuta comercialización del Mayo francés y de la operación de vaciado de su contenido, no han logrado enterrar las luces  que emana de los días “…en que diez millones de obreros ─según un titular de estos días─ tomaron al capitalismo por el cuello”. Los arrepentidos son los de siempre, los mismos que renegaron de la Revolución del 48, de la Comuna de París o de la Revolución de Octubre. Los que se cansan y se dejan pasear ante los enemigos de las vísperas como si fuesen leones domésticos o reyes bárbaros, uncidos al carro de combate de los Emperadores, mostrados en triunfo al populacho romano. 

Porque para llegar en París a mayo del 68, los patriotas vietnamitas tuvieron que lanzar en enero la Ofensiva del Tet, que puso a los norteamericanos y a sus aliados al borde del colapso, llegando hasta Saigón; en abril, tuvo que ser asesinado en Memphis, Tennessee, el Dr Martin Luther King , lo que hace que miles de negros norteamericanos salgan a las calles, a luchar por sus derechos civiles, y en junio, matan a Robert Kennedy, aspirante demócrata a la Presidencia, cerrándose  la posibilidad de un cambio político en el país. Y después de mayo, sucedería la invasión soviética a Checoslovaquia, y la masacre de los estudiantes mexicanos que protestaban en la Plaza de Tlatelolco. Y más allá, continuaría la lucha de los pueblos del Tercer Mundo por su liberación, y América Latina sería cubierta por una ola de dictaduras militares sangrientas, que a la larga serían derrotadas, y Cuba seguirá su revolución, y en África se extirparán los últimos vestigios de colonialismo, y los soldados norteamericanos tendrán que evacuar Saigón colgados de los helicópteros, y será el fin del apartheid, en Sudáfrica, y desaparecerá el Muro de Berlín, y llegará Hugo Chávez al poder, abriendo una nueva era en esta larga lucha, que es una y la misma. 

Y es por eso que, cuarenta años después, si me preguntasen si el Mayo francés valió la pena, me limitaría a encender el televisor, no importa si para sintonizar la CNN. Con  todo lo desgarrador de las imágenes, con todo lo trágico del momento, con todas las manipulaciones de su reflejo mediático, todo hubiese sido peor sin el sueño fugaz de aquellas barricadas, sin las pasiones de entonces, sin los sacrificios posteriores.

Porque lo que jamás aprenden los Glucksman, ni los Sarkozy, ni los Cohn-Bendit, ni los mercaderes de “Fauchon” de este mundo, es que la historia es una sola. Y que no se mide ni por traiciones aisladas, ni por arrepentidos, ni por campañas cínicas, sino por millones de seres humanos que se ponen en marcha por su redención, como ocurrió aquel día de mayo del que si hay que acordarse, y por el que vale la pena celebrar. 

Mayo del 2008

Eliades Acosta es el Jefe del Departamento de Cultura del Comité Central del Partido.  Durante diez años fue director de la Biblioteca Nacional José Martí y es Vicepresidente Primero de la Unión de Historiadores de Cuba. Es autor, entre otros libros, de "Los hermanos Santiagueros de Martí"(1995), "El árbol de la discordia"(1997), "El siboney de los cubanos"(1997) y "El 98: Cien respuestas para un siglo de dudas"(1998).

 

Notas:

1) Henry Samuel: “Nicolás Sarkozy blames for the generation of 68”. The Telegraph. 29 de abril del 2008.

2) J. M. Martí Font: “Sarkozy promete enterrar Mayo del 68”.
El País, 30 de abril del 2007.

3) “Dany the Red, on Student Revolutions, Then and Now”. En http://www.cohn-bendit.de/dcb2006/fe/pub/en/dct/510

4) Mayo Francés. En http://es.wikipedia.org/wiki/mayo-frances

5) Idem

6) Benny Levy: “Sartre siempre fue un moralista”. En http://www.filosofos.org/articulos-/2003/levy.htm

7) Javier Angulo: “Veinte años no es nada; lo que queda de una aventura revolucionaria en los años 70”. Cinemanía. Madrid (123) P. 103. Dic del 2005.

8) Idem

9) Idem

10) Paul Lyon: “Another Sixties: The New Right”. Part III. En http: //lists.village.virginia.edu/sixties/html_docs/Texts/scholarly…

11) Jeanne Kirpatrick: “Neoconservatives as a Response to the Counter-Culture”. En Irwin Stelzer: “The Neocon Reader”, Grave Press. New York, 2004. P. 235: