Estados Unidos, el Papa, la guerra... la mujer

Salvador Capote

 

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       La iglesia católica desarrolló una fuerte tradición misógina que comenzó quizás en el siglo IV con San Agustín, para quien sólo los hombres (no las mujeres) habían sido creados a imagen de Dios. Esto, a pesar de que en su Sermón 232 el propio Agustín reconoce el papel trascendente  de la mujer en los evangelios: “…porque así fue como Nuestro Señor Jesucristo dispuso que fuesen las mujeres las primeras en proclamar su resurrección”. La tradición se reforzó en el siglo XIII con Santo Tomás de Aquino quien, bajo la influencia de la filosofía de Aristóteles, definió a la mujer como “hombre imperfecto,” un engendro, criterio similar al del Obispo de Hipona.

 

     Veinte siglos tuvo que esperar la mujer hasta que en 1971 un papa, Pablo VI, en su Octogesima Adveniens (OA, n.13), reconociese, al fin, “su independencia en cuanto persona y la igualdad de sus derechos a participar en la vida económica, social, cultural y política,” aunque rechazando la “falsa igualdad” entre el hombre y la mujer.

 

     Si avanzamos hasta el siglo XXI y nos situamos en Estados Unidos, vemos que el misoginismo continúa predominando en la iglesia católica. Poco antes de las elecciones presidenciales del año 2004, el Arzobispo Raymond Burke anunció que negaría la comunión a John Kerry, por la defensa del senador de los derechos reproductivos de la mujer. Aunque otros obispos del país expresaron su desacuerdo, el cardenal  Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antigua Inquisición), hoy Papa Benedicto XVI, envió una carta a los obispos norteamericanos en la cual afirmaba que la excomunión era aplicable en “el caso de que un político católico sostenga una campaña y vote por leyes que permitan el aborto y la eutanasia.” Más adelante, Ratzinger advertía que todo aquel que votase por un candidato que esté a favor del derecho a elegir de la mujer (“pro-choice”) sería “culpable de cooperación formal con el demonio” y, por tanto, “indigno de recibir la comunión.” Kathleen Kennedy (hija de Robert F. Kennedy), en su libro “Failing America’s Faithful”, señaló con cierta ironía, que si las excomuniones se hacían efectivas, serían excomulgados unos 20 millones de católicos sólo en Estados Unidos.

 

     En estos días de abril, el Papa Benedicto XVI está de visita en Estados Unidos invitado por el gobierno de George W. Bush. Teniendo en cuenta que tanto Barack Obama como Hilary Clinton son candidatos “pro-choice”, cualquier mal pensado diría que la visita del Papa a sólo unos meses de las elecciones no es casual. Hilary Clinton afirma: “Creo en la libertad de la mujer para tomar sus propias decisiones en relación con los asuntos más personales y significativos que afectan sus vidas,” mientras que Barack Obama declara “No es sólo una cuestión de elegir sino de igualdad y oportunidad para todas las mujeres.” Por el contrario, el candidato republicano John McCain considera que es necesario derogar la decisión Roe v. Wade de la Corte Suprema de Justicia que estableció la inconstitucionalidad de las leyes contra el aborto. Los elementos más reaccionarios dentro de la jerarquía católica saben que están perdiendo la batalla. A pesar de sus anatemas, en las elecciones a medio término de 2006 las fuerzas “pro-choice” ganaron 26 nuevos asientos en el Congreso, tres de ellos en el Senado. Además, para que la iglesia recupere su autoridad e influencia tendría primero que lograr que su rebaño perdone y olvide los escándalos causados por los curas pedófilos.

 

 

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     De acuerdo a una perspectiva radical feminista, la situación de inferioridad de la mujer con respecto al hombre es anterior al capitalismo y, por consiguiente, es prioritaria la lucha contra el machismo y el patriarcado. La perspectiva marxista es diferente; en ella, lo prioritario es la reestructuración económica de la sociedad como premisa para una verdadera liberación de la mujer, pero ya sea por sexismo, por opresión patriarcal o de clases, todos los enfoques son válidos y necesarios  porque, aunque el capitalismo es por esencia un sistema generador de discriminación de la mujer, esta discriminación tiene sus propias causas culturales. Por ejemplo, la mujer estadounidense es sometida a un barraje publicitario permanente que, por una parte, trata de convencerla de que ser “sexy” es su objetivo primordial en la vida, aunque lograr este objetivo implique gastar una buena parte de sus ingresos en productos de belleza y frequentes visitas al quirófano, y, por otra, refuerza en el hombre la percepción de la mujer como objeto sexual. En este ejemplo vemos que el sistema estimula el consumismo pero aprovechando características culturales, tanto del hombre como de la mujer  que son muy pero muy antiguas.   

    

     Marx y Engels vincularon la emancipación de la mujer con el derrumbe del sistema capitalista, pero la opresión de la mujer tiene la particularidad de que cruza la frontera entre todas las clases sociales aunque, por supuesto, es la mujer pobre y, sobre todo, la que es pobre y no blanca, la que ocupa el ultimo escalón. Esta combinación de factores es lo que ha hecho largo y difícil el camino de la emancipación de la mujer y la historia nos demuestra que los prejuicios no desaparecen de inmediato con el cambio de sistema social.

     El criterio en los tiempos coloniales de Estados Unidos era que las mujeres debían disfrutar de más o menos los mismos derechos que los niños y los locos. En la Primera Guerra Mundial tuvieron participación como enfermeras y en otras labores auxiliares. Es decir, se les dio el derecho a exponer sus vidas aunque todavía no disfrutaban del derecho al voto. En 1920, casi siglo y medio después de la independencia, con la novena enmienda a la constitución, conquistaron este derecho. Y tuvo que transcurrir otro medio siglo para que pudiesen participar como miembros de los jurados federales y estatales.

 

     Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, en 1941, el eslogan entre las mujeres rezaba: “Esta guerra también es nuestra” (“We are in this war too”). Debido a la presión en el Congreso fueron creadas varias unidades de mujeres en las diversas ramas de las fuerzas armadas. Las mujeres vestirían de uniforme pero no portarían armas, realizarían labores auxiliares y serían discriminadas tanto en el grado como en la paga.

 

     Pero lo que cambiaría para siempre el estatus social de la mujer norteamericana fue su participación masiva en el esfuerzo de guerra en la retaguardia, en las fábricas y talleres de ensamblaje, fabricando aviones, transportes, armas, municiones, uniformes, botas… , sustituyendo a los hombres en una enorme variedad de puestos de trabajo. La jornada laboral duraba hasta diez horas por día, por lo común seis días a la semana. Aprendieron muchas nuevas habilidades y recibieron salario menor que el de los hombres pero mayor que el que nunca antes habían recibido. Su nombre colectivo fue “Rosie the Riveter,” y los hombres encontraron a su regreso de los frentes de batalla que ya “Rosie” no era la misma de antes de la guerra.

 

                                                         

3

 

     En el ultimo número de la revista American Heritage aparece un estremecedor artículo de Kristen Holmstedt con el título “Mujeres en la Guerra” (“Women at War”) el cual revela el número creciente de mujeres que son reclutadas por las fuerzas armadas de Estados Unidos y enviadas a participar en los combates en Irak.

 

     En la guerra de Vietnam participaron unas 10,000 mujeres-soldados norteamericanas y sólo una murió a consecuencia del fuego enemigo; en la primera Guerra del Golfo (1991) participaron cuatro veces más, 40,000, de las cuales once murieron en combate. Sin embargo, desde que comenzó de nuevo la guerra en marzo de 2003, más de un centenar de mujeres han muerto de ese modo y más de 400 han resultado heridas. La causa del aumento en las bajas no sólo corresponde a su mayor número en la guerra sino también a que ahora participan cada vez más en acciones donde se ven expuestas al fuego enemigo. No obstante, la mayor probabilidad no es la de caer en combate sino la de ser acosadas sexualmente y violadas por sus propios compañeros como se desprende de la enorme cantidad de denuncias y quejas que han salido a la superficie en los últimos años.

 

Aún así, la mujer es ya imprescindible en el escenario de la guerra. Afirma Holmstedt en su artículo que cerca del 20 porciento del personal militar de servicio en Irak son mujeres. Actualmente, más del 90 porciento de todas las carreras en las fuerzas armadas de Estados Unidos están disponibles para aspirantes femeninos.

 

     En el artículo se expone, entre otros, el caso de la capitana de aviación Amy McGrath, piloto de un F-18 cuyo costo aproximado es de $50 millones de dólares. Amy cumplió 85 misiones de combate en Irak y Afganistán durante las cuales bombardeó con misiles y bombas de 2,000 libras edificios supuestamente ocupados por el enemigo. En el monitor de su “Nighthawk” (sistema que detecta la porción infrarroja del espectro electromagnético) podía ver a los iraquíes, como figuras blancas sobre un fondo verde, corriendo en todas direcciones para salvar sus vidas.

 

     Dos meses después de su regreso de Irak, Amy McGrath asistió a una boda familiar en Breckenridge, Colorado. Los asistentes le dieron alegremente la bienvenida con elogios y aplausos, agradeciendo sus servicios a los Estados Unidos y felicitándola por su valor en los combates. Quisieron, además, que Amy les contara anécdotas de la guerra. Pero toda aquella atención trastornó emocionalmente a McGrath: “Dios mío, he matado a centenares de personas y todo el mundo me está felicitando. No tiene sentido.” A punto de llorar, salió de la recepción y se detuvo a la entrada del patio. Su tío, veterano de la guerra de Vietnam, se acercó a ella y le dijo en voz baja: “Yo sé. Yo sé.”

 

     Una omisión importante tiene el artículo de Holmstedt y es que no menciona una palabra de las bajas civiles iraquíes, ¿Cuántas decenas de miles de mujeres, cuántas decenas de miles de niños han sido asesinados en esa injusta guerra? ¡Nadie lleva la cuenta! ¡Como si los iraquíes no fuesen también seres humanos! ¡Como si sus vidas no valiesen tanto como la de cualquier estadounidense!.

 

 

4

 

     Tradicionalmente, las mujeres blancas pobres y las mujeres negras han ingresado en las fuerzas armadas de Estados Unidos para obtener una modesta educación o para aprender un oficio mientras reciben un salario. Para muchas, es el único medio disponible para alcanzar algún progreso en su estatus social. Las de mayores ingresos son reclutadas generalmente al terminar la enseñanza secundaria (“high school”) atraídas por una engañosa propaganda que promete una vida fascinante de viajes y aventuras, el conocimiento de lugares exóticos y una educación gratis. En muchos casos son muchachas que desean liberarse de una situación incómoda en sus hogares.

 

     El conocimiento del mundo y de la política exterior de Estados Unidos que poseen  no es diferente del que muestra el resto de la población. La ignorancia del pueblo norteamericano en esta materia es proverbial. De acuerdo a una encuesta realizada en 1986 por CBS News, el 75 porciento de las mujeres (y el 50 porciento de los hombres), incluyendo las que vestían uniforme militar, no supo responder a qué lado apoyaba Estados Unidos en la guerra sucia que tenía lugar en Nicaragua. Me pregunto cuántas, de las muchachas que hoy prestan servicios militares en Irak, conocen la historia y la cultura de esa antigua nación.

 

     Un programa gubernamental implantado en el año 2002 hace más fácil, para los inmigrantes (hombres y mujeres) que se alistan en las fuerzas armadas y sus familiares, el obtener la ciudadanía de Estados Unidos. Actualmente, 39,000 inmigrantes prestan servicio militar activo, siendo la mexicana la nacionalidad más numerosa. Sin embargo, a pesar de los ofrecimientos de ciudadanía, de los “bonus” por alistamiento de varios miles de dólares, y de que muchas funciones del ejército han pasado a ser desempeñadas por los eufemísticamente llamados “contratistas”, verdaderos mercenarios modernos reclutados no sólo en Estados Unidos sino en diversos países del mundo, los centros de reclutamiento han tenido serias dificultades para cumplir sus metas.

 

     Según Douglas Smith, vocero del “U.S. Army Recruiting Command”, el reclutamiento de inmigrantes creció sí durante el año 2002 y continuó creciendo hasta el 2004 pero, “inexplicablemente”, comenzó a disminuir a partir del año 2005. “No tenemos idea oficial de por qué se cayó” dijo Smith. Lo que no dijo el vocero, y seguramente por ello incluyó la palabra “oficial”, es que la guerra de Irak es crecientemente impopular y que los cadáveres con nombres hispanos que regresan cubiertos por una bandera norteamericana no estimulan ciertamente el alistamiento a pesar de los beneficios que se ofrecen.

 

     Como no existe conscripción (“draft”) actualmente en Estados Unidos, el grueso de los que prestan servicios militares en Irak son blancos pobres, negros, inmigrantes y mercenarios (o “contratistas” si usted lo prefiere), con una significativa participación de las mujeres en todos estos grupos. Para mantener el número de tropas que necesita en Irak, Estados Unidos no puede prescindir de ninguno de estos grupos sin que el gobierno se vea obligado a restablecer el sumamente impopular “draft”. No hay duda de que la guerra de Irak sería aún más aborrecida y las causas para realizarla mucho más cuestionadas, si los hijos e hijas de las clases media y alta de la sociedad norteamericana se viesen obligados a marchar al combate.

 

     ¿Cuál es la diferencia entre la participación de la mujer en la guerra de Irak y su participación en guerras anteriores? –Son varias las diferencias. Primera, nunca antes había estado vinculada tan directamente a los combates y, por consiguiente, nunca se había producido tan alto número de bajas en el personal femenino. Segunda, la cifra de mujeres tomando parte directamente en la guerra nunca había sido tan alta en proporción al número total de combatientes. Tercera, y en mi opinión la más importante, contribuye, con su 20 porciento de participación y, ¡claro está!, sin tomar conciencia de ello, a evitar el “draft” y, por tanto, a la prolongación de una guerra injusta.

     En otros conflictos librados anteriormente por Estados Unidos, las dos guerras mundiales, por ejemplo, se destacaron numerosas mujeres por su abnegación y heroísmo. Sus nombres han pasado a la historia y con su actitud y sus acciones conquistaron para la mujer norteamericana un sitio más avanzado en la sociedad. En la guerra de Irak han surgido también mujeres extraordinarias, pero tal vez, lamentablemente, no sean ellas las que permanezcan en nuestra memoria. Cuando pensamos en la mujer-soldado en Irak, la primera figura que viene a nuestra mente es la de Lynnda Rana England, famosa por las fotos que recorrieron y aún recorren el mundo, en las cuales se muestra sonriente acompañada de torturados y torturadores en la siniestra prisión de Abu Ghraib.

 

     De todo lo anterior no debe concluirse que es erróneo que la mujer participe en la guerra como combatiente, ¡No! Pero una cosa es el derecho de la mujer a defender a su patria, principalmente cuando es todo el pueblo el que se levanta contra un invasor extranjero, y otra, la de admitir, sin que se nos revuelva el estómago, que tantas mujeres jóvenes sean heridas, voladas en pedazos por las bombas, entrenadas para torturar y matar, a miles de kilómetros de su tierra natal. Además, ¡cuidado! No caigamos en la trampa de una discusión acerca de si las mujeres deben o no participar como soldados en la guerra de Irak, cuando lo que verdaderamente debemos discutir es si ambos, hombres y mujeres, deben tomar parte en esa guerra injusta, de motivaciones inconfesables, a la cual fue arrastrado el pueblo norteamericano a base de mentiras.

    

 

     El Dr. Salvador Capote es médico, especialista en Bioquímica. Ha escrito numerosos artículos de divulgación científica, sobre todo en la esfera de la protección de la naturaleza. Actualmente vive en Miami y participa, con las organizaciones que conforman la Alianza Martiana, en la lucha contra el Bloqueo impuesto a Cuba por Estados Unidos.