¡Chín, Chín! ¡Salud!

 Aramís Castañeda Pérez de Alejo

 

Es como una obsesión. Algo a lo que se vuelve todo el tiempo y sobre lo que se insiste y recalca sin que parezca, nunca, suficiente. Que hay que gritar; con energía, con fuerza, hasta con rabia, con todo el convencimiento de que seamos capaces para que se note que estamos- y al tanto de por dónde va el camino. Como un resabio antiguo, el complejo que alguien arrastra, la condena a cadena perpetua de la que se pide, una y otra vez, revisión de causa para que deje de serlo; ese tipo de hambre que, de tan vieja, se vuelve pena, y descoca. Es el orgullo encima del cual sostenernos; cuestión primaria;  el más grande honor; aquello en lo que, puede, se te vaya la vida.

 

La guasanguita de ser latinos, el jolgorio en torno a nuestra idiosincrasia no es nuevo. De pascuas a San Juan aparece como referente; cuando se considere adecuado, moda. Siempre han estado esas guitarritas flamencas por detrás cuando se habla de México; una cola de bata, una peineta y, hasta, un toro, si hay que situar la acción donde una mujer trigueña poco importe el lugar en la geografía más allá del Río Bravo. Y, aunque  ya fuimos panderetas, y mulatas, y collares de santos y tambores y unos amantes dentísimos con miradas de fuego y pieles fáciles, el asunto toma cierto aspecto que hace suponer un revival con dimensiones ni, remotamente, soñadas. Es el momento y hay que aprovecharlo; el a por él que son pocos y sin balas que estuvimos esperando y no debemos dejar pasar por alto; la presunción y la arrogancia. No existe un desdichado día en que, por si no lo sabíamos, alguien se encargue en recordarnos que sólo basta mirar la televisión, escuchar la radio o alquilar una película para darse cuenta que el mundo ha experimentado una explosión de cultura hispana, que, cada vez, hay más muestras de contagiosos ritmos musicales, estrellas cinematográficas y personas cuyo talento va más allá de la industria del entretenimiento y, más que nunca, las opciones culinarias latinas están a disposición de hispanos y no hispanos por igual; que las cadenas internacionales de restaurantes están incluyendo tacos, fajitas y otras delicias en sus menús principales y, nuestra imagen, popularizando en todas partes. Días en que se arma la tarima para anunciar la  celebración de dudosas independencias y la gloria de unas raíces, cascabeleras y escurridizas, más dudosas aún. Consejitos para que no olvidemos quiénes somos, de dónde venimos y hacia qué lugar vamos. Sugerencias para integrarnos, poco interesa si todos hablamos el mismo idioma de manera diferente o si, algunos, tenemos caracteres étnicos europeos, africanos o indígenas en nuestra contextura. La hora de la estrella. El sitio en que, también, se está.

 

Desde el Caribe, España, Portugal, Centro o Suramérica, el emigrante que llega, por pintárselo bonito, se creyó el papel y, ahora, no hay quien lo saque de allí. Se le ha rehecho el cuento y, frente a la evidencia de los números, azuza su caballo y echa mano al látigo que más cerca revolotee- pletórico de gallardía y agradecido- para achicar, por fin, la enorme distancia que siempre le separó de ese mundo mágico donde está lo que, de verdad, debe ser: el modelo donde, cual milagro, ciudadanos ejemplares sí han con-seguido solucionar sus problemas y superar cuanto asunto les pase por el lado; el espejo por el que guiarse; el contrapunto que, una vez con uso de razón, le colocaron delante, como faro,  y dentro del que, ahora, quiere aportar, también, su granito de arena a ver si le aplauden la monería que significaría, en todo caso, el triunfo. Quien arriba, salvo excepciones, ya lo hace con una visión, de la realidad, desvirtuada; con una impresión de identidad que no es identidad. Malherido, con las defensas bajas, desperdigado o propenso a estarlo tras el paso por una historia que lo engañó muchas veces y, de un empujón, lo tiró al lado de lo que no era. Una historia de años; un mal que se pierde en los confines de la sinrazón y es difícil ubicar. Esto aparte del peligro que de por sí ya constituye penetrar en un sistema donde los códigos que rigen son diferentes y los modos, por su poder, justo los que se alzan, hoy, como dominantes dentro de la gran aldea que significa el planeta donde convivimos.  El tema iría, entonces, de nuestro espíritu que se contagia, la particularidad que trasmitimos a cada paso y en cada nuevo vínculo; nuestro sincero sentimiento de amistad que portamos como muestra de la herencia que se lleva implícita  y la certeza de estar refundando un país, gracias a la cultura que le reincorporamos y lo pintoresco que somos. Más ¿de qué cultura hablamos? ¿Qué es lo que se pretende introducir en ese hueco por el que tanto luchaste para salirte con la tuya? ¿En qué sitio quedan todas esas cosas que, sin envolverlas, ya eran preciosas? ¿Por dónde saberme? ¿Qué tienen que ver los medios de comunicación, la información y el entretenimiento en esta tierra, otra, con la autenticidad latino o hispanoamericana? ¿Cuál el motivo para saltar en una pata?

 

Contrario a lo que se blasona, los símbolos que hoy representan el éxito de la minoría más grande en los Estados Unidos derivan, justamente, de lo opuesto; de lo que han dejado de ser para ser. Por mucho que se repita que es, esta, la cuarta nación con mayor cantidad de habitantes hispanos en el mundo y no falte quien se rompa la cabeza en aclararnos qué cifra alcanzaremos de aquí a diez, quince o veinte años, en el clímax del éxtasis o la felicidad, el llevado y traído tópico de la presencia, “el gran salto”, eso del día feliz  que está llegando, agrega más leña al fuego de la desnaturalización.

 

Conducido por la premisa de no arriesgar y signado por patrones dentro de los que es imprescindible despojarse de lo raro- entiéndase, lo personal- para que todos comprendan, el negocio de la paridad reduce la identificación al embarre epidérmico y las trampas del folklorismo; particularidad debe ser, ni más ni menos, lo que el anglosajón -dueño de tantas propiedades pero, todavía, insaciable- califique de sí o no. Hay que pasar por el filtro, sentarse en el banquillo en espera de que un jurado- de hecho, extraño- decida los grados que se te den o si eres merecedor de un sitio junto a ellos. Como un perrito ansioso. Como el burro y la zanahoria y quien ideó la traquimaña, en esta fábula, para que camines por el sendero que, él, escoja. Brotándote la baba ante cada nueva migaja. Alborozado y pleno; encima, deudor.

 

Los apresurados vítores por el triunfo de “la raza”- en los porcientos de cuántos, de los que mueren en la guerra, llevan nuestra sangre, las cuatro palabras en tu idioma que soltó el candidato a no sé qué puesto, el apellido o los rasgos de quien ocupa un sitio prominente en el Senado, el origen de los padres de la que endulza, por estos días, el corazón del más apetecible soltero de Hollywood o el descomunal average de un

 jugador de béisbol que hasta hace un segundo integraba los Marlins, mañana los Yankees y, pasado, quién sabe- es el vergonzoso resultado de una pérdida total de orientación y el desaforado esfuerzo por un autoreconocimiento que gracias a lo que ni te imaginas, intuyes, te falta. Sin embargo tu existir, que se restringe a la función de parecer y que aplaudes creyéndote identificado, no es el reflejo del que se destroza las venas y sortea temporales, sin concesiones, para pelear por un espacio donde decir aquí estoy, además; cuando menos es la de quien imita unas expresiones y unos hábitos impropios, preconcebidos, para hacerse de un hueco en el ruedo; que quita sus ropas y se engancha la casaca de, lo que quiere verse como, para entonces jugar a... imitarse a así mismo. Bibi Anderson, en una película de Almodóvar, haciendo de lesbiana, pero sin intenciones y con menos gracia. Una caricatura ofensiva de la que tú eres su mejor aliado. Y es que el resonante gol, el estadio que revienta, forma parte de la misma novela que, por capítulos, nos han ido entregando en cada emisión dominical de un antiguo periódico. De telones no hay quien nos hable y de barracas ensoñadoras bajo un cielo brillante y un mar paradisíaco en que, una muchacha, nos regala un melón, menos. Ya hemos estado de muchos colores, suficientes son los trajes que vestimos, demasiados a los que se entretuvo y procuró la risa y nuestra música- o lo que, se considera, se- empalagó hasta el cansancio millares de decorados cuando de ti, sólo, se pidió figurar o dar volteretas. El pensamiento único que, tras, el desconocimiento, arrasa con lo que encuentre a su paso y sin sentir dolor. El interactuar con otras culturas, con otros pueblos, que no es cierto. La idea fija de un mundo que soy yo y lo bueno y lo grande que resulto sin darme la oportunidad de descubrir lo bello, lo interesante, lo diferente que palpita fuera de los límites de mi frontera porque lo diferente es esto; y lo mejor; y lo único; y lo imprescindible. Yo que me chupo tu imaginario, tu patrimonio espiritual y te impongo la imagen que me funciona porque es esta la que me permite incrementar las ganancias. El menda que manda, la humillación y el insulto.

 

En el espacio trivial de reflectores y sonidos, donde, por llorarlo, finalmente te ganaste el puesto, se inventa un retrato, con marca definitiva, de una Hispanoamérica- y su más allá- al margen de la real. Dos mundos con rasgos similares pero, en esencia, diferentes. La una, compleja, rica, legítima, profunda, intensa, afincada en sus mejores  tradiciones; la otra, exagerada en su epidermis, sosa, mimética, simple, carnavalesca, faldera, superficial; como es de presumir, la auténtica. Soldados en préstamo de servicios que, si tuviéramos otros apellidos y nuestros trazos no nos delataran, pasábamos como un nativo más. El carácter simplificado a lo nominal. La condición denigrada a tu fotogenia. Agarrar por los pelos cualquier cosa, menos la sustancia, para entregar un fundamento de a tres por kilo, alterado y falso, que, todavía, sin gota de amor propio, es el altar frente al que te arrodillas y das vivas. Hoy por hoy no falta quien se atropelle en hablarte de la madre  cubanoamericana de ese hombre- el que se apresura en encasquetarse la camisa azul y el pantalón beige tan a tono con el mundo dentro del que vive- que apareció en la portada de no sé qué influyente revista. O contarte que Jennifer López, acordándose de quien era, incluso bailó salsa en, me importa menos, cual celebración. Que, para el próximo disco, Shakira incluye dos temas en español o que Salma, o Penélope, se colaron, nuevamente entre las que más esplendorosamente lucieron por cualquier premio que se entregó en sabe Dios qué sitio. Es esta la victoria. Girando al-rededor de este círculo el pretexto  para la algazara y la bulla. Y nos sentimos felices. Y luchamos porque queremos más de lo mismo. Y alardeamos, presuntuosos, puesto que lo visto es sólo el comienzo de lo que, con toda seguridad, será una avalancha indetenible que habrán que tragarse, con papas, gústeles o no.

 

Para la Hispanoamérica que aprueba el examen hay un sembrado de bombillas y un manto de guirnaldas desde donde, el cielo, no se ve. La otra, la fantasma, al no registrar no existe. Se desparrama por algún lugar, lejano, en su inutilidad; ignorante, pobre, vagabunda, sin tener noticias de que a su nombre- o en el de “la verdadera”- se entregan unos premios para que aprendamos qué, de lo nuestro, es lo nuestro; nos aclaren qué, de latinos, somos latinos; cuan, de influyentes, resultamos influyentes, quien, de entre nos, merecedor del distingo y de la estima como broche de oro por las contribuciones generadas. Siempre por arribita, otra vez equivocándose, presentados “al gran público” en medio de una coreografía en la que el brillo de los adornos imposibilita apreciar el gesto de la cara y la “fantasía” marca el paso de la joven que se inicia en sociedad. Si te quieres bien, algo por lo que no, precisamente, montar fiesta pero que tan necesitado de refugio, como andas, te funciona igual; o quizás prefieras; lo más probable que ni repares

 

El tan en boga mito del crecimiento, es, ni más ni menos, que es una falacia. La uniformidad que se pretende; el anhelo por la masificación; el supeditar las realidades múltiples y lo específico a la apuesta comercial, lo superfluo, el lenguaje único y la sola dirección que, como parte de un todo, también, a nosotros muerde. Con el correspondiente insulto a la inteligencia y a las capacidades, cuajado de apelaciones que denigran tu condición, sin el mínimo propósito de enriquecer ningún legado y unos intereses, evidentemente, distantes a lo que debería primar como dato. El hábito, la apariencia, la sensación, lo peor de lo que eres convertido en motivo recurrente que es insulto a la dignidad y la vergüenza al devolverte a ti mismo envuelto en celofán; servil, sumiso, conformista, falso, obviado, desprendido. Porque el mundo, que fuera de este, no es más que un espacio donde invertir o entretenerse, no tiene nada interesante que ofrecer o nada que ya no tengas para seguir viviendo cual hasta ahora has hecho. Conclusión, que, de él, solo vale lo que huele a beneficio. 

 

Lo simpático es que, en esta guerra de permíteme igualarme con el cielo, no resulta perdedor, como se piensa, únicamente el abducido. Bastaría con el disfraz que nos endilgan y la oclusión, total o parcial, de nuestro derecho a ser para no quedarse quieto; sin embargo ¿cuánto del ingenio propio queda sin acceso al otro? ¿Qué cantidades, gracias a los que controlan el mercado, sin la oportunidad de descubrir lo fértil que se cocina al margen de ellos? ¿Hasta qué altura la suma de posibilidades que se pierden y de opciones  y de tendencias y de alternativas y de complementos que les ayudarían a tener una visión más diversa al tiempo que ensancharse, crecer, mejorarse, enriquecerse? ¿Qué del pensamiento científico, filosófico, intelectual, crítico e investigativo y de lo popular, lo mitológico, las frases, giros, actitudes, visajes, matices, sutilezas, encantos, hermosuras por los que, tristemente, jamás serán tocados? ¿A qué niveles puede ascender el daño de quienes, incapaces, dependientes, con poca voluntad, despreocupados, fomentan el desligue e impiden, a los suyos, la interrelación con lo que es, también, contemporaneidad y vanguardia? ¿Cuántas ideas que no llegan? ¿Cuánta vocación humana detenida a mitad de la ruta? Claros de que sobran los Ricky Martín y escasean los Nat King Cole ¿por qué no imaginar lo que se ganaría con la probabilidad, asimismo, de un crossover a la inversa? Bajo las mejores intenciones, con los mayores deseos; priorizando, sea cual sea el destino que indique la flecha, el propósito, por fin, de construirnos juntos, enterarnos de las maravillas en el otro, aceptarnos en nuestras divergencias y mostrar la realidad en su verdadera magnitud.

 

Pero seguirás- porque se ha trabajado duro para ello- en el personaje; tal cual se te orientó escribiendo en un papel todas las cosas que te hacen sentir orgulloso de ser hispano y colocándolo en el refrigerador de la casa o en el closet para que lo puedas ver todos los días. Poniéndote de acuerdo con tu familia para procurar, así como te lo sugiere el semanario, por lo menos, una reunión donde preparar las recetas con sabor a tu tierra que ya son tradición. Enviando una postal o una tarjeta a algún amigo que hable tu mismo idioma y esté viviendo en otro país. Escuchando la música de tus “artistas latinos” preferidos y rindiéndole honor a nuestra fama de bailadores o, si no sabes, pidiendo a tus amistades que te enseñen. Invitando a aquellos que utilicen otro lenguaje a uno de los festivales de cine, pintura o fotografía que muestren el trabajo de hispanos y que tan disponibles están en cualquiera de las principales ciudades de esta nación. Visitando, por Internet, la página de la alcaldía donde resides y enterándote de las actividades que tienen planificadas para la comunidad hispana por estas fechas. Con el pulmón hinchado. Sin preguntarle que hay de la calidad tras la cantidad. Sumergido en la bobería. Perdido en el tiempo. Gritando; con energía, con fuerza, hasta con rabia, con todo el convencimiento de que seas capaz, para que se note que estamos- y, al tanto, de por dónde va el camino. Porque es cuestión primaria; tu más grande honor, aquello en lo que, puede, se te vaya la vida. El jolgorio en torno a nuestra idiosincrasia. La guasanguita de ser latinos. ¡Chin, chin! ¡Salud! Que así sea.

                                                                                        

 Aramís  es graduado de Filología en la Especialidad de Literatura Cubana por la Universidad Central de Las Villas, Cuba, en 1990. Investigador, crítico literario y artístico.  Es miembro del Consejo de Redacción de Areíto Digital.  Trabajos suyos han sido publicados en las revistas Signos, Umbral, La Jiribilla y Rebelión entre otras. Actualmente reside en Miami Beach.